ALOCARTE
DESDE EL SIGLO XIX LA LOCURA Y LA CREACIÓN HAN ESTADO LIGADAS PROFUNDAMEN TE. Y A LA RAZÓN Y A LA SOCIEDAD DE DISTINTAS ÉPOCAS, NO LE HA QUEDADO MÁS REMEDIO QUE SEÑALAR, CENSURAR O ENCERRAR A ESOS ‘LOCOS’, PARA DESPUÉS VENDER SUS CREACIONES AL MEJOR POSTOR (RECUÉRDESE LA OBRA DE VAN GOGH). DICE EL POETA HENRI MICHAUX QUE “QUIEN ESCONDE A SU LOCO MUERE SIN VOZ”. Y NADA MÁS LEJOS DE AQUELLOS QUE, ENEMIGOS DE LA CORDURA, HAN ESCRITO O PINTADO SUS OBSESIONES, MONSTRUOS Y FANTASMAS PARA LIBRARSE DE ELLOS. La locura tiene tres ojos, sus uñas crecidas intentan agarrarse del aire, del mar. Su boca de labios de azufre tiene una lengua que grita al darse cuenta que no puede estirarse lo suficiente como para ser una horca natural. La locura casi no duerme, tiene miedo de olvidar la última palabra, el color del cielo. La locura ríe, su sexo huele a lágrimas quemadas, a árbol partido por un rayo. La locura es Dios cuando sueña y tiene pesadillas que lo despiertan en el desierto. La locura es enfermedad, según la terminología psiquiátrica que se ha encargado de clasificarl
a, pero la locura, la otra, es también necesidad que, en las manos de poetas y pintores, ha sido parte esencial y paralela de su obra creadora.
Michel Foucault explica en Historia de la locura en la época clásica, que “desde Hölderlin y Nerval (finales del s. xviii e inicios del xix), el número de escritores, pintores y músicos que han ‘naufragado’ en la locura se ha multiplicad
o […] pero entre la locura y la obra no ha habido un acomodo, un intercambio de lenguajes; su afrontamien
to es más peligroso que antaño; y ahora, cuando, se enfrentan, no perdonan; su juego es de vida y muerte”. El mejor ejemplo de esto es la vida y obra del poeta Antonin Artaud (1896-1948), quien reanudó en pleno siglo xx, como lo señala Luis Cardoza y Aragón, el puente ya roto entre los poetas malditos del siglo anterior. Expulsado del grupo surrealista, al que le inyectó su lado más oscuro y radical, como el mismo André Breton señalara, se debatió desde los 16 años, cuando fue internado por primera vez en una institución psiquiátrica, entre la lucidez y la razón. Cardoza y Aragón lo define con palabras que se aplican a todos aquellos artistas, llámense Goya, Vincent Van Gogh, Charles Baudelaire o Alejandra Pizarnik: “no era un loco sino un hombre que veía más lejos, y que por ver mucho más lejos, todo lo tenía más cerca, más punzante”. Por eso, al ver la obra de Francis Bacon o leer la poesía alucinante de Vicente Huidobro, no debe sorprendern
os que no padecían ezquizofren
ia o paranoia, veían más lejos.
La demencia es la vergüenza de la razón, pero una razón que no ha sabido dar respuestas en un mundo en el que el que ve más lejos es señalado, criticado o encerrado. Xavier Villaurruti
a, en su prólogo a Aurelia, de Gérard de Nerval, comenta acertadamen
te que “curar al hombre de sus neurosis, curar al poeta de sus visiones, de sus delirios, de sus obsesiones y de sus sueños parece ser la pretensión del psicoanalis
ta, cuando precisamenr
e Edgar Allan Poe, Baudelaire y más tarde los sobrerreali
stas [surrealistas] no han dudado en enfermarlo más profundamen
te. Porque, ¿no han pensado los psicoanalis
tas –si parafraseam
os la afirmación de Nerval–, la enfermedad es nuestra segunda salud, del mismo modo que el sueño es nuestra segunda vida?” El mundo es el culpable, dice Foucault, y se ve cuestionado, rechazado por esas obras creadas por aquellos seres inclasifica
bles e inasibles a los que no se ha tenido más remedio que llamarlos locos. Baudelaire no dejó de cuestionar y atacar a la sociedad de su tiempo y a los mitos católicos (San Pedro, Abel, Cristo). Lo mismo hizo Nietzsche al criticar a la civilización cristiana, o Nerval al elevar al sueño al mismo nivel que la vigilia. Goya al satirizar a la Europa ‘razonante’ e ilustrada. Foucault concluye: “Allí donde hay obra, no hay locura […] El instante en el cual conjuntamen
te nacen y se realizan la obra y la locura es el principio del tiempo en que el mundo se halla designado por esta obra, y responsable de lo que está enfrente de ella”. Así, terrible paradoja, no habría romanticism
o, prerafaelis
tas, poetas malditos, surrealismo si viviéramos en un mundo perfecto. La locura y la razón hacer el amor pero no se quieren.
Nadie ha escrito, pintado, esculpido, construido, inventado sino sólo para salir del infierno”, dice Antonin Artaud en Van Gogh, el suicidado de la sociedad. La locura tiene fiebre. Desconcerta
da, le prende fuego al bosque. La locura tiene sed. En sus pupilas no ha dejado de mirarse un ángel con cuchillo en mano para rebanarle la garganta a la realidad.
Por: Alfredo Quintana Garay (abril 2003)
Fuente: Conozca Más


