Tres regias testas, adornadas por la excelsa corona de la sabiduría,
recibieron al unísono el pálpito,
de marchar con llaneza y presteza, en pos de una cola de estrella,
para honrar al Señor de la vida.
Melchor montando a Nabur, Gaspar jineteando a Teber y Balthasar a
joroba de Silán, se
encontraron en Palestina por vez primera tras varios meses de viaje,
sabiendo los tres en ese mismo
instante, que su peregrinaje había concluido.

Y allí, en una cueva,
ocasional refugio de pastores y rebaños, el pequeño Rey de todos los Reyes,
envuelto en un embozo de
inmaculado lino y tumbado en su trono de húmeda paja, reposa tranquilo,
tras el estrago de haber nacido.
Treinta y tres años después y poco antes de morir, éste hombre dijo:
AMAOS, LOS UNOS A LOS OTROS COMO YO OS HE AMADO,
ES MI MANDAMIENTO .
Semejante mandamiento al parecer, no encaja en el esquema existencial de los humanos,
siendo como es y considerand
o cualquier otro, el mas hermoso de todos los mandamiento
s.
Todos, absolutamen
te todos, los padecimient
os y angustias que tiene el hombre hoy en día,
quedarían instantáneamente resueltos, si fuéramos capaces aplicarnos en ese divino mandamiento
.