Era un triste Domingo de lluviosa tarde. El viento ululaba tras los cristales del confortable salón, donde un agradable calor reinaba. Dormitábamos con el runrun de la tele de fondo y el crepitar del fuego junto a la chimenea, embriagados por el baile de sombras que la luz de las placenteras llamas proyectaban
. Un pequeño cosquilleo en mi mano izquierda me abstrajo de aquel nebuloso estado. Curioso giré el cuello, era su pelo que
desprendido y libre caía hasta apenas rozarme. Sentí que el alma se me salía al contemplar la serena belleza de Elena. Aquel pelo limpio y brillante parecía echo de filamentos de oro, que traviesos, llamaban mi atención. Levemente ondulado en quebrada armonía, brotaban como improvisada fuente de luz. Moví mis dedos y la acaricié, Elena me miró y sus labios se hicieron sonrisa. Sus enormes ojos apenas entreabiert
os brillaban de ternura. La abrazé y sentí en mi pecho la seda de su piel. Con suave movimiento acercó su boca a mi
oreja y susurro un "
te quiero". Su pelo de oro, su piel de seda, la sonrisa, la ternura y un te quiero. Esa era Elena, un sueño, algo que buscamos entre las blancas nubes de lo imposible, un milagro, o acaso
solo fuera amor. Jamás podre olvidar aquella lluviosa tarde de Domingo, jamás podré olvidar la tarde en que me dijiste "te quiero".



