Era la primera noche estrellada después de varios días en alta mar, la luna se alzaba imponente sobre las aguas turbias que rugían sin parar. Olas de gran tamaño iban y venían sin parar, arrastrando a su paso todo lo que pudieran encontrar.
Había perdido toda esperanza dos noches atrás, cuando en medio de esa cruel tormenta la tabla que me mantenía a flote amenazaba con zozobrar; en esos momentos sentí tan cerca el fin, que, sin dudarlo comencé a rezar, no con mucha convicción, pero si con todo el terror y toda la desesperación que podían invadir a un pobre diablo como yo.
Recité a Dios todos mis pecados, oré quien sabe cuantas cosas y juré por todos los santos que si me salvaba jamás volvería a pecar.
Ahora que lo pienso hasta risa me da, yo, todo un ateo hecho y derecho, convencido de la existencia de solo lo que ve, orando, jurando e implorando perdón a aquel que mis padres consagraron su vida alguna ves, pero al que yo había vuelto la espalda en un momento de incertidumb re y desesperación; si realmente existe algún ser todo poderoso e omnipresent e, seguramente se estaba burlando a todas sus anchas de mí.
Pero realmente las amenazas de muerte sacan a relucir en uno todas las creencias y esperanzas que uno trata de negar. De repente y sin pensarlo dos veces uno baja a toda la corte celestial y pide a su ángel de la guarda que lo proteja de todo mal.
Pensar que solía burlarme de aquellos que decían que en momentos desesperado s tu vida pasa ante ti como rayo y recuerdas en un instante todo aquello vivido y enterrado en el pasado; pero que razón tenían, en unos cuantos segundos ví pasar ante mí todo un desfile de acontecimie ntos que creí que con el paso de los años mi mente habría borrado; cuan equivocado estaba, cada escena que veía me hacía tener más ganas de vivir y acrecentaba mi temor y aberración a la muerte, a lo desconocido, a lo inevitable, a lo inexistente y me hacía sacar fuerzas de donde ya no había, aferrándome desesperada mente a ese frágil hilo de esperanza que me mantenía precariamen te anclado y firme sobre la superficie de un mar embravecido, que parecía cobrarme con cada embate todo daño cometido.
Y así, con todos mis pensamiento s sobre la vida y la muerte a cuestas me aferré a ese último aliento de vida y finalmente, cuando toda esperanza parecía perdida y el cansancio amenazaba con pasarme factura de una buena ves, puede ver como la tormenta comenzaba a amainar.
Vaya, quién me creería, esta sería una historia digna de contar a todos mis descendient es, claro, suponiendo que al final alguien me pudiera encontrar o que pudiera llegar a algún lugar; evidentemen te omitiría los detalles incómodos de duda y cobardía que me habían llevado a llorar amargamente y a rogar por mi vida a Dios. Claro, Dios seguirá siendo el héroe y el mar el enemigo invencible que nada parecía derrotar, pero haré que la historia sea solo un poco más interesante de contar.
A quién engaño, para que pensar en eso ahora, tal ves nunca nadie lo llegue a escuchar, estoy rodeado de una inmensa cantidad de agua y nada, solo me queda sentarme a contemplar por un momento las estrellas y recobrar algo de las pocas energías que me quedan antes de empezar otra ves a luchar, pues las nubes de una nueva tormenta comienzan a ocultar todo rastro de paz y esta ves, un poco más resignado, pienso en la inmensa cantidad de pecados que pronto volveré a confesar y que aunque me cueste reconocerlo me ayudarán a mantener la esperanza de que todos merecemos algo de perdón y una oportunidad de gozar de un poco más de vida y libertad.
Autor: MCCV



