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Autor Tema: EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS ( OMAR CERASUOLO )  (Leído 9890 veces)
0 Usuarios y 2 Visitantes están viendo este tema.
Lilian Elizabeth De Marco
Admirando la poesía
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Los sueños nunca dejan de ser sueños


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« : 07 de Noviembre de 2007, 23:13:31 »






Lilian..
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...." Pero yo no soy como los primeros enamorados que existieron.
Yo sí te negaré al olvido."
Autor;
Otto_r
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« : 07 de Noviembre de 2007, 23:13:31 »

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salina
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* Maria José *


« Respuesta #1 : 08 de Abril de 2008, 14:49:10 »



< LILIAN >

Gracias mi bella amiga
por hacernos recordar y escuchar tan bello poema
este tema me encanta
el amor cuando es mas fuerte que la vida
esta siempre en el corazón
muere el cuerpo pero nunca el amor
ese queda siempre dentro
 gracias amiga
gracias por dejar tanta belleza  y  ternura
mi cariño te mando a través del aire
seguro amiga que te lo lleva el viento
que Dios te bendiga por siempre

SALINA


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Paloma Eika Sofía
El alma es un vaso que solo se llena con eternidad ( Amado Nervo)
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El lenguaje es el vestido de los pensamientos


« Respuesta #2 : 27 de Diciembre de 2010, 19:26:40 »



EL SEMINARISTA DE LOS OJOS NEGROS

--------------------------


Desde la ventana de un casucho viejo
abierta en verano, cerrada en invierno
por vidrios verdosos y plomos espesos,
una salmantina de rubio cabello
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminarista s que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello,
y que por la espalda casi roza el suelo.

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibuja su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
Él, solo a hurtadillas y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubio cabello
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
Monótono y tardo va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.

Desde la ventana del casucho viejo
siempre sola y triste; rezando y cosiendo
una salmantina de rubio cabello
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminarista s que van de paseo.

Pero no ve a todos: ve solo a uno de ellos,
su seminarista de los ojos negros;
cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
En vez de sotana sus dulces arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla: —¡Te quiero!, ¡te quiero!,
¡Yo no he de ser cura, yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende y olvida los rezos,
y ya vive sólo en su pensamiento
el seminarista de los ojos negros.

En una lluviosa mañana de inverno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos;
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto;
pues, cuatro, llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja por cima cubierto,
y sobre la beca, el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos
los seminarista s iban en silencio
siempre en dos filas hacia el cementerio
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo
los conoce a todos a fuerza de verlos...
tan sólo, tan sólo faltaba entre ellos...
el seminarista de los ojos negros.

Corriendo los años, pasó mucho tiempo...
y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminarista s que van de paseo.

La labor suspende, los mira, y al verlos
sus ojos azules ya tristes y muertos
vierten silenciosas lágrimas de hielo.

Sola, vieja y triste, aún guarda el recuerdo
del seminarista de los ojos negros...

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Poema de Miguel Ramos Carrión
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" No ser amado es una simple desventura;
la verdadera desgracia es no saber amar "

(Alber
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