¿Y ahora qué?. Trescientas una vueltas, trescientas dos vueltas, trescientas tres vueltas, trescientas cuatro vueltas, caigo al suelo.
Se ha ido, y desde entonces no he parado de dar vueltas, los brazos bien abiertos, las palmas de las manos intentan atrapar entre espasmos las pocas gotas derramadas de oxígeno que ha dejado.
Me canso me dirijo hacia la cocina, a la izquierda el cenicero que ha golpeado contra el suelo 16 minutos antes de irse, cojo una silla que está plegada contra la pared, la despliego, la coloco junto a la mesa verde carruaje, me sirvo café del que ya hice hace dos horas, cuando viniste para hablar, cuando te abrí mi puerta, cuando te cedí el paso, cuando te permití que me dejaras.
Bebo un sorbo, enciendo un cigarrillo, estoy pensando que yo debería ser su dueña, que él debería estar comiendo de la suela de mis tacones caros, que debería arañarse, azotarse, rajarse, escribir con sangre que me ama, y que yo debería aceptarlo.
Estoy pensando que ya no sirve de nada porque le he matado, pero no sé que hacer con su cadáver que se encuentra tras la puerta de mi casa, y que pronto algún vecino verá.
¿Y ahora qué?



