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Onnold N´Galden
Visitante
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« : 23 de Mayo de 2010, 19:04:11 » |
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El mar
Si una tonelada de cualquier mercancía puede resultar horrorosa, imaginemos la superficie acuosa y marina, en perenne oleaje, repartiendo nubes a su alrededor, para que llueva en la tierra firme. Las nubes no pesan lo suficiente, para caer de una vez, sobre las huertas o los jardines.
Los vientos son transparent es, pero son masas de gases sanos, para nuestra respiración. En otros planetas, el aire corroe incluso a las máquinas más protegidas. Hemos de agradecer que siga habiendo bondad, en cada pueblo y nación, por parte del clima. Pero el mar es igual, profundo y azul: Más grande que yo (más grande que tú).
Contemplarl o, acariciando las playas, y azotando a la gente, que se quiere empapar, hace perder la noción de tantos años como el poeta lleva viviendo. Sólo sé que nada soy. Porque el que nada, no se ahoga. Y si la carne es débil, lo podemos comprobar, al penetrar en la panza de una ola.
¡Duele atravesar esa pared verde y limpia, vigorosa! Los peces están callados, y sólo los que, de cachorros, se aplican a mamar, emiten cánticos ultrasónicos. Los demás, llevan cota de malla o escamas, por toda su piel. Respiran mediante las branquias, o agallas. Tener agallas, pues, quiere decir atreverse a bucear.
¡Bucear! Los fondos quedan a veinte metros, si nado hacia las boyas rosas, que flotan, tensando las maromas con corchos, en las que los pasajeros atan sus barcas Zodiac. El vaivén se aglutina, y los pies bailan, y las manos impulsan una brazada más. Hay un estilo natatorio que es el de la Mariposa. Ahí sí se hace un hombre, varón.
Hay playas de arena, y otras de piedras redondas, y también, de roca, para subirse a pescar. Hay islas remotas, cuya arena costera es negra, pues nacieron de la lava de un volcán. También, una tranquilida d insuperable, como lo puede ser el Tíbet, o el Nepal. Más alto... Más ancho... Más largo... Más profundo... Más libertad.
¡Miedo a lo desconocido! Miedo a besar el suelo, como hacía el Papa, Juan Pablo II. El Papa bendecía el suelo que pisaban sus pies, justo después de aterrizar. Se paseaba en un auto, en el que iba de pie, y saludaba a la cristiandad, de cada fuero interno, en cada región continental . Estuvo en cientos y decenas de países.
Le aclamaban así: "Juan Pablo II, ¡Te quiere todo el Mundo!"
   
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