Volaba en un bello cielo azul, mis alas blancas se confundían con las nubes que había alrededor, llegué hasta un planeta muy lejano donde habitaban aves de alas multicolore
s, que revoloteaba
n creando magníficos espectáculos de una belleza sin igual
Ellas dormían en una flor eran diversos sus matices, unas aves hermosas de exuberantes colores que jamás imaginé ver, y que no era posible verlos en la Tierra.
Volé junta a ellas y con ellas hablé en un idioma volátil que de inmediato entendí, se alimentaban de frutos que a mi paso encontré, eran de diferentes y extravagant
es sabores y variedades. Los había rojos-naranjas, azules-cielo, verdes, marrones-tierra, rojos-coral y de muchos colores que no sabría explicar.
La reina madre era un ave con un plumaje primoroso, sobresalía, sus formas y colores eran más bellos que los del pavo real. Los árboles eran espejos donde contemplaba
n su hermosura las aves de aquel planeta. Había un gran lago de agua dulce, tan dulce como la miel, donde se bañaban los pájaros, disfrutando del olor que les ofrecía la vegetación del cerro contiguo. La inmensidad de colores las rosas eran el lugar de descanso de las aves, allí se agrupaban cada noche. La comida, estaba disponible cada atardecer, era muy variada y se encontraba fácilmente por doquier.
Ese paradisíaco planeta era algo inimaginabl
e para la mente humana, no había depredadore
s, sólo aves confiadas que maniobraban con destrezas sus vuelos, se acercaban una a otras como vagones de un tren, en perfecta y armónica formación uno, dos, tres.
Sus ojos grandes les permitían una visión muy amplia del espacio, aunque había gran claridad en el ambiente hasta el anochecer, pues el sol se transformab
a en la luna, para disminuir su luminosidad y así permitir que las aves durmieran bien.
Continuamen
te, volábamos muy alto para así, contemplar la hermosura de aquel planeta, inimaginabl
emente bello, podía ver su arcoíris que nunca desaparecía, sus mil colores daban vueltas al planeta, todo tan hermoso como irreal, una hermosura sin igual. Los nidos eran perlas, con plantas de coral que les cobijaban, bajo la plenitud del espectáculo de un crepúsculo encantador.
Las aves eran infinitamen
te felices, no contaban los días ni las horas pues eran inmortales, para que tener calendario u horario si lo único que debíamos hacer era volar y contemplar la hermosura. Todo era eterno, hasta la comida era provista como el maná del cielo, lo que sobraba no se dañaba, también cuando se comía alguna fruta, ésta inmediatame
nte era reemplazada en el árbol por otra.
En aquel idílico planeta la vida era una experiencia celestial, pues no existía maldad ni envidia, nada de eso había pues todas las aves eran iguales, estaba muy feliz, sumamente feliz, cuando desde lejos oí la voz de mi mamá llamándome, pronto me desperté para ir al colegio y sentí tanta rabia, pues en aquel planeta me quería quedar, no quería que jamás me despertaran, quería seguir soñando y con mis alas libre volar



