Conocí un gigante un día, les juro.
Fue a principios de un febrero.
Sólo, sin saber de nada,
el enorme ser mecía mi cuerpo.
Era un gigante inmenso, lo juro.
Lo sentí tocando mi piel débil,
transparent
e, recién formada.
Regada de tiernas caricias y palabras.
Una tremenda espalda cargaba.
Juro, que la vi en retirada.
Era un gigante verdadero
que de tanto en tanto, me acunaba.
Parecía un Goliat invencible,
cuando se acercaba.
Casi daba miedo.
Era tal cual lo describo, les juro,
mi memoria da cuenta de ello, lo veo.
Conocí a ese gigante por años,
aprendí a crecer en sus enormes manos.
Supe de sus principios y calvarios,
de su golpeado torso casi esclavizado
.
Tiempo, me llevó saber de su encanto.
Mientras mi piel ya se arrugaba,
el gigante era más grande de tamaño.
Entonces, por fin entendí lo que pasaba.
El gigante, fue gigante por sólo serlo.
Por la tremenda espalda que cargaba,
por el corazón enorme y entero,
que en su golpeado pecho, habitaba.



