LA SOMBRA DE BAUDELAIRE
Todos estos temores y estos placeres
son como la llamada de teléfono
aquel día que soñaste en París
-o en Amsterdam, no recuerdas bien-
que yo estaba a tu lado,
me transformab
a e la sombra de Baudelaire,
me sentaba a tu lado todo colocado
y comenzaba a hablarte de la belleza del mal,
de las sombras de tu sexo florido
y de cómo la noche nos encendió
la verdadera luz de la conciencia.
Entonces sonó tu teléfono, pasaste,
pero el teléfono siguió sonando
y tú no acertabas con el botón para apagarlo.
Sin saber como, contestaste
.
Era yo quien te llamaba.
Estaba en un prisión de Barcelona
y lejos de ser la sombra de Baudelaire
que te hablaba de la verdadera luz de la noche,
comencé a hablarte de amores y suicidios.
Me colgaste y apagaste el teléfono.
Te uniste a la sombra de Baudelaire
y fuiste luz en la noche.



