EL AMOR DE LOS MORIBUNDOS
Canté contigo el amor de los moribundos
lamentándome por tanto sueño falaz de ideal,
por tanta estrella atrapada de brillo inefable
y tanto corazón tieso con los ojos hundidos
en las profundidad
es de los hundidos sin futuro.
La lánguida melancolía de tu voz me subyugó.
Miraba con tus ojos y la nada que veía
y acariciaba con tus manos la negra imagen
que la hiel de tus recuerdos esculpían.
Tu belleza gastada y natural me traspasaba
con los balbuceos del corazón que se abre
al mundo por primera vez inocente
y recibe el aullido de los miserables como aviso
de que no habrá canto dichoso sin que los tristes escuchen
y respondan rencorosos escupiendo
los sarpullidos de su alma apaleada
por el sueño de una felicidad más grande
que no cabía en su cuerpo perecedero.
Me tomaste la mano y miramos a otra parte.
No, a ese campo de guerra no, dijiste,
hay la vida borracha de sangre se enferma,
tampoco a ese templo de cristal donde suena la campana,
donde las cifras envenenan la conciencia humana,
ni al templo de piedra donde presionan el esfuerzo cotidiano
a una esperanza de felicidad eterna y celestial
nunca probada ni sentida ni tocada ni palpada,
deja esas drogas enclaustrad
as y tócame las venas.
Te miré los ojos y bebí
Me miraste los ojos y bebiste.
Tocamos la felicidad probada del segundo eterno
que dura un segundo físico que ya se fue
y permanece perenne en nuestra memoria
como un bello cuadro en el museo de Orsay
o un árbol frutal recordando sus muchas primaveras.
Que nuestra perennidad morirá con nosotros, ya lo sabíamos,
se pudrirá el recuerdo, canté y cantaré contigo el canto de los moribundos,
pero nada lamentaremo
s, no habrá ideal muerto,
serán besos y abrazos y un futuro de carne y sangre
que no nació en nosotros y fue sólo hiel
en la hoguera del verso desluciendo está blanca juventud.



