AULLIDOS DE AMOR
Cuando el hambre apretaba y la incomprensión
daba la mano a un sí musitado con desgana,
con la mirada baja de los rendidos
y la desolación de las aldeas muertas,
ofrecí mi última esperanza a los versos altivos
y rabiosos de quienes han perdido todo por su propia actitud,
por su apuesta inclemente al comenzar el juego,
por las caídas máximas y las subidas máximas,
y renuncié a la paz por la guerra del verso.
No tenía miedo a encender los motores que no conocía,
pero temblaba cuando el descontrol me llevaba
y el choque mecánico se estampaba contra la naturaleza.
Era el subidón de la droga cerebral ante lo nuevo,
lo desconocido, lo no previsible, el paso en el abismo,
sacar las balas del rifle y prenderles fuego.
Me lancé y mi cubrí de costras sangrientas
huyendo de los remansos reposados de la mediocridad dorada.
Mi sangre estaba poseída por el demonio de la aventura,
mi cuerpo ansiaba la escapatoria de los osados,
saltar en el alambre con un verso en los labios
dibujando en el aire un instante eterno con mis actos.
Pero el esfuerzo del desafío quedó en paupérrimos esbozos
que asediaron mi mente en noches insomnes
de sueños desveladore
s hartos en intuiciones
.
Y las intuiciones me pesaron las alas
y atraparon el intento de lágrimas y amores
en la blanda y dormida liberación del verso.
Soñaba cuando escribía, dormía cuando vivía
y la vida me huía mientras poesía me aliviaba
con sus altibajos de amor en horas ciegas
que cerraban mi visión al fin de la aventura
que no logré emprender hasta que mis pies rotos
llamaron a la prueba dolorosa del equivocado,
con lo aullidos de amor en los lavabos.
Soñaba y cuando desperté fue tarde.
Quise abandonar los brazos musicales del poema,
entonces me sentí definitivam
ente sólo y fui nada,
ni amor, ni versos, ni oficio ni abrazos ni sublimación.
Una vez más di la vuelta y me arrodillé
para volverme a ofrecer como madera a la hoguera poética,
volver a sentirme ascua que arde y conoce su causa,
sintiéndome dichoso y gozoso viendo mi humo.



