Leo y leo mis poemas, y los recuerdos vienen y van,
cada situación y cada mirada la recuerdo como si fuera ayer,
pienso y pienso en cada momento que te tuve cerca,
y recuerdo con alegría caga sonrisa que alcanzaba a ver en tu rostro,
pero sin previo aviso una lagrima se desliza en mi mejilla,
se pasea por mi cuello y mi mano la despide, mi corazón se ralentiza,
y sufre por cada vez que recuerdo tu figura,
tu metro cincuenta y pelo negro que me asían perderme en mis sueños y no querer despertar.
Me torturo como nadie por cada letra que escribo en este momento,
y quisiera ser aquel que posa sus labios en los tuyos,
quisiera ser un recuerdo de un ex al cual nunca olvidarías
o quisiera ser tu presente ese que despide tu pena del momento,
me siento a esperar que se calme mi pena,
y pasan y pasan las horas sin contar siquiera los minutos,
ya la pena se va y te despido o al menos eso trato de hacer.
Llega el punto donde debo terminar,
pero como si esto nunca tuvo un final,
solo me paseo nuevamente por mis poemas
y el silencio y la soledad del momento me asen compañía indeseada,
mi cuerpo cansado pide a gritos los brazos de Morfeo y mis ojos solo quieren cerrarse,
pero es tu recuerdo lo que me desvela,
lo que me ase escribir y llorar,
eres y siempre serás tú la que inunda mi mente con poemas y poesía de tan cruda realidad.
Las palabras no me sobran cuando hablo de ti, porque solo fuiste una cosa para mí: Un amor adolecente, la historia que aun no tiene final.
Ismael Alejandro Torres Aránguiz.
El Poeta Maldito.



