Cuando la vi, se encontraba tranquilame
nte de pie, con la mirada perdida en el espacio. Pese a mis escasos cinco años de edad, percibí de forma casi brutal el sentimiento del amor.
Me atrajo el color de su pelo, que brillaba bajo el sol de la mañana, su piel traslucía en movimientos lentos, sus enormes ojos color castaño se clavaron en mi y yo sonreí.
Todas las vacaciones de verano solíamos ir a aquel rancho "Los Potrillos", donde la pasábamos muy a gusto mis familiares y yo.
En las mañanas acompañaba a mi abuelo a la ordeña de las vacas, a dar alimento a los cerdos, a las gallinas y a los patos y gansos. A veces nos bañábamos en el arroyuelo cercano con agua muy fría. Más ningún juego, ni siquiera el más intenso, era nada en comparación con aquella nueva sensación que tuve.
¿Dónde estaba ella, antes de aquel fortuito encuentro? Suspiré y entrecerré los ojos. ¡Ese era el amor del que hablaban los mayores!
Me imaginé yendo a la escuela con ella, comiendo juntos y sobre todo, poder acariciar aquel pelo que tanto me atraía. Por otra parte, me preocupaba lo que dirían mis padres y familiares, pero todo lo afrontaría con tal de que nos dejaran pasar algún tiempo juntos.
Al fin, caminó hacia donde yo me encontraba. Me quedé paralizado por la emoción, casi no podía respirar. Después de unos breves segundos, que para mi fueron interminabl
es, decidí dar unos pasos hacia la casa... ella me siguió dulce y mansamente.
.. y yo me enamoré de una yegua.



