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Autor Tema: una reflexión para todos los maestros  (Leído 1902 veces)
0 Usuarios y 2 Visitantes están viendo este tema.
anaali
Visitante
« : 01 de Noviembre de 2005, 23:53:36 »



     ESPERO  QUE LO LEAN, SE QUE LOS VA A DEJAR PENSANDO    UN SALUDO A TODOS LOS MAESTROS                               


                                      ALGO INSIGNIFICA NTE EN LA NIEVE

JEAN E. MEZER

Una fría mañana de febrero empezó con una tragedia. Yo conducía detrás del ómnibus escolar de Milford Corners, como acostumbrab a hacerlo la mayoría de las mañanas en que nevaba, al dirigirme a la escuela; de pronto, éste se desvió y se detuvo bruscamente a las puertas de un hotel que no estaba en funcionamie nto; y me sentí molesto por esta parada inesperada cuya causa no comprendí hasta que vi a un niño bajar tambaleándose del ómnibus; de pronto, tropezó y se desplomó cayendo de bruces en la nieve. El conductor del ómnibus y yo, llegamos hasta él al mismo tiempo; su rostro delgado y demacrado se veía blanco aún contra la nieve.
- Está muerto. – susurró el conductor.
De momento, todo lo que hice fue mirar las caritas de los niños que nos observaban asustados desde el ómnibus de la escuela, reaccioné y dije:
- ¡Un doctor, rápido, llamen desde el hotel!….
- No sirve de nada, le digo que esta muerto… dijo el conductor mirando el cuerpo inmóvil del niño, y agregó  -  ni siquiera dijo que se sentía mal… - solo sentí que me daba unos golpecitos en el hombro, diciéndome muy quedo: “Lo siento, tengo que bajarme en el hotel”. Eso fue todo lo que dijo con cortesía y como disculpándose.
En la escuela se iban apagando los gritos y las risas por los corredores  a media que se iba trasmitiend o la noticia; al pasar junto a un grupo de niñas, escuché que una de ellas preguntaba  casi en un susurro:   ¿Qué pasó?,  ¿quién se cayó muerto en el camión de la escuela?
No sabemos cómo se llama, - dijo una de las niñas que había estado en el ómnibus.
Idénticos comentarios se hacían en la sala de maestros y en la oficina del director. Este último me dijo: -  Le agradecería que  fuera usted a dar la noticia a los padres. Ellos no tienen teléfono y, de cualquier manera, alguien de la escuela tiene que ir a dar la noticia en persona. Yo  me ocuparé de sus clases.
¿Por qué yo? Pregunté,  -¿No sería mejor que fuera usted?
Yo no conocía al muchachito, - admitió el director honradament e, agregando: - Y en los informes del año pasado que leí, noté que era usted su maestra favorita.
Mientras  conducía en medio de la nieve y el frío por el mal camino que conducía  a la casa de los Evans, pensaba el niño  Cliff Evans. ¡Su maestra favorita!  Me dije. ¡El muchachito no me habría dicho más de 2 palabras en dos años! Al  recordar, podía imaginármelo perfectamen te sentado atrás en el último asiento de mi clase vespertina de literatura. Entraba solo y salía solo. “Cliff Evans”, murmuré, “Un niño que no habló nunca”. Pensé un minuto más….”Un muchachito que nunca sonrió;  no, no lo vi sonreír ni una sola vez”.
La gran cocina del rancho estaba limpia y abrigada. De algún modo di la noticia abruptament e. La señora Evans confundida, alcanzó una silla  y dijo: - Nunca  dijo nada de que estuviera enfermo.
El padrastro del muchachito dando un resoplido agregó: -Nunca dijo nada de nada desde que yo llegué aquí.
La  señora Evans empujó hacia atrás una sartén que había sobre la estufa y empezó a desabrochar se el delantal.
- Vamos, clama  - estalló su marido -  tengo que tomar mi desayuno antes de ir a la ciudad. De cualquier modo no hay absolutamen te nada que podamos hacer. Si Cliff no hubiera sido tan estúpido nos habría dicho que no se sentía bien.
Después de las clases, me senté en mi oficina y observé perfectamen te los registros que tenía ante mí. Cerré los archivos y me dispuse a escribir la cronología para los informe de la escuela. Las hojas casi en blanco burlaban los esfuerzos. Cliff Evans, en blanco, no había sido nunca legalmente adoptado por su padrastro, tenía cinco medios hermanos menores.  Esta raquítica información y la lista de bajas calificacio nes era todo lo que ofrecían los registros.
Cliff Evans  había cruzado silenciosam ente la puerta de la escuela en la mañana y había salido por las tardes en la misma forma, eso había sido todo. Jamás había pertenecido a un club, ni tampoco había formado parte de un equipo, ni ocupado un puesto. Hasta donde yo sabía, nunca había hecho ningún leve desorden de los que hacen todos los niños. Nunca se había manifestado .
¿Qué podía informar acerca de un niño que jamás había hecho nada? Los registros de la escuela me lo demostraban . Las anotaciones de los maestros de primero y segundo grados decían: “niño agradable, tímido”,  “tímido pero vehemente”; a continuación la nota de tercero empezaba el ataque, pues un maestro había escrito con mano firme “Cliff Evans no habla, no coopera. Lento en el aprendizaje”. Las demás notas académicas habían continuado con “perezoso”, “poco ocurrente”, “bajo coeficiente intelectual”. Habían llegado a lo correcto.
El resultado final del coeficiente intelectual del niño en el noveno grado había sido 83; pero su coeficiente intelectual en el tercer grado había sido 108. Los resultados nunca bajaron de 100 hasta el séptimo grado. Hasta los niños tímidos, callados, tienen cierta elasticidad . Requiere tiempo degradarlos .
Me senté a la máquina de escribir  y redacté enfurecida un informe indicando la clase de educación que había tenido Cliff Evans. Arrojé violentamen te una copia en el escritorio del Director y puse otra en el archivo. Guardé la máquina de escribir en forma brusca, cerré el archivo con estrépito y salí dando un portazo, pero no me sentí mejor. Un pequeño seguía caminando ante mí, un muchachito de rostro delgado y pálido, con un cuerpecito delgado dentro de unos pantalones desteñidos, de grandes ojos que habían buscado y rebuscado durante tanto tiempo  hasta que terminaron velándose para siempre.
Podía imaginarme cuántas veces había sido escogido al último para participar en un juego, cuántas veces había sido excluido de las conversacio nes entre niños. Podía ver en mi imaginación los rostros y escuchar una y otra vez las palabras: “Eres un estúpido; no eres nadie, Cliff Evans”.
Los niños son criaturas crédulas y Cliff creía sin duda alguna. De pronto todo pareció claro para mi; cuando finalmente no le quedaba absolutamen te nada a Cliff Evans, cayó de bruces en la nieve y murió. El doctor podía haber diagnostica do “ataque cardíaco” como causa de la muerte, pero eso no me haría cambiar de idea.
No pudimos encontrar diez alumnos en la escuela que hubieran conocido lo suficientem ente bien a Cliff como para haber asistido a sus funerales como sus amigos, así que los oficiales de grupo y un comité de su clase, fueron a la iglesia con tristeza cortés. Yo asistí al servicio con ellos, sintiendo un gran peso en el corazón y una gran resolución que crecía dentro de mí.
Jamás he olvidado a Cliff Evans ni aquella resolución; ha sido mi desafío año tras año, clase tras clase. Al comienzo de cada año, miro las filas de escritorios en busca de rostros desconocido s. Busco ojitos tímidos y cuerpecitos encogidos en un asiento en un mundo extraño. “Muchachitos” digo silenciosam ente, “es posible que no haga otra cosa por ustedes durante este año, pero ninguno de ustedes va a salir de aquí sintiéndose un don nadie. Lucharé hasta el fin para librar la batalla con la sociedad y con la dirección de la escuela, pero ninguno de ustedes saldrá de aquí sintiéndose que no vale nada”.

La mayor parte de las veces, no siempre, pero la mayor  parte de ellas, he tenido éxito.


GRACIAS POR TOMARTE UN POCO DE TU TIEMPO Y LEER ESTA REFLEXION
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« : 01 de Noviembre de 2005, 23:53:36 »

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Uplus
Visitante
« Respuesta #1 : 11 de Diciembre de 2005, 00:57:39 »

Al leer tu relato, pareciera un hecho verídico. Sí así lo fuera, es triste, tristísimo. La muerte de un niño siempre es un hecho de mucha emoción y conmoción. La crueldad más terrible en las escuelas, es precisament e el "no tomar en cuenta" a ciertos niños, precisament e por su tímidez y son quienes más atención requieren. Me has "tocado", has humedecido mis ojos. Un abrazo.
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