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Autor Tema: Mi delirio sobre el Chimborazo (Simón Bolívar)  (Leído 2918 veces)
0 Usuarios y 1 Visitante están viendo este tema.
Luque Simón Pachacútec
Visitante
« : 15 de Mayo de 2006, 16:21:27 »



Aunque Simón no fue un poeta consagrado, si bien se conoce su habilidad para escribir y de oratoria. Conocido son sus escritos dejados que demuestran una excelente expresión de sus ideas (ej. Manifiesto de Cartagena, La Carta de Angostura, etc) En este caso su escrito: Mi delirio sobre el Chimborazo, deja palpable su calidad de poeta.

Mi delirio sobre el Chimborazo
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Simón Bolívar


Yo venía envuelto en el manto de Iris,
desde donde paga su tributo el caudaloso Orinoco
al Dios de las aguas.
 Había visitado las encantadas fuentes amazónicas,
y quise subir al atalaya del Universo.
Busqué las huellas de La Condamine y de Humboldt
seguílas audaz, nada me detuvo;
llegué a la región glacial,
el éter sofocaba mi aliento.
Ninguna planta humana había hollado la corona diamantina
que pusieron las manos de la Eternidad
sobre las sienes excelsas del dominador del los Andes.
Yo me dije: este manto de Iris que me ha servido de estandarte,
ha recorrido en mis manos sobre regiones infernales,
ha surcado los ríos y los mares,
ha subido sobre los hombros gigantescos de los Andes;
la tierra se ha allanado a los pies de Colombia,
y el tiempo no ha podido detener la marcha de la libertad.
Belona ha sido humillada por el resplandor de Iris,
¿y no podré yo trepar sobre los cabellos canosos del gigante de la tierra?
Sí podré! Y arrebatado por la violencia de un espíritu desconocido para mí,
que me parecía divino, dejé atrás las huellas de Humboldt,
empañando los cristales eternos que circuyen el Chimborazo.
Llego como impulsado por el genio que me animaba,
y desfallezco al tocar con mi cabeza la copa del firmamento:
tenía a mis pies los umbrales del abismo.

Un delirio febril embarga mi mente;
me siento como encendido por un fuego extraño y superior.
Era el Dios de Colombia que me poseía.

De repente se me presenta el Tiempo
bajo el semblante venerable de un viejo cargado
con los despojos de las edades:
ceñudo, inclinado, calvo, rizada la tez, una hoz en la mano…

«Yo soy el padre de los siglos,
soy el arcano de la fama y del secreto,
mi madre fue la Eternidad;
los límites de mi imperio los señala el Infinito;
no hay sepulcro para mí, porque soy más poderoso que la Muerte;
miro lo pasado, miro lo futuro, y por mis manos pasa lo presente.
¿Por qué te envaneces, niño o viejo, hombre o héroe?
¿Crees que es algo tu Universo?
¿Que levantaros sobre un átomo de la creación, es elevaros?
¿Pensáis que los instantes que llamáis siglos pueden servir de medida a mis arcanos?
¿Imagináis que habéis visto la Santa Verdad?
¿Suponéis locamente que vuestras acciones tienen algún precio a mis ojos?
Todo es menos que un punto a la presencia del Infinito que es mi hermano».

Sobrecogido de un terror sagrado,
«¿cómo, ¡oh Tiempo! —respondí—
no ha de desvanecers e el mísero mortal que ha subido tan alto?
He pasado a todos los hombres en fortuna,
porque me he elevado sobre la cabeza de todos.
Yo domino la tierra con mis plantas;
llego al Eterno con mis manos;
siento las prisiones infernales bullir bajo mis pasos;
estoy mirando junto a mí rutilantes astros, los soles infinitos;
mido sin asombro el espacio que encierra la materia,
y en tu rostro leo la Historia de lo pasado y los pensamiento s del Destino».

«Observa —me dijo—,
aprende, conserva en tu mente lo que has visto,
dibuja a los ojos de tus semejantes el cuadro del Universo físico,
del Universo moral;
no escondas los secretos que el cielo te ha revelado: di la verdad a los hombres».

El fantasma desapareció.

Absorto, yerto, por decirlo así,
quedé exánime largo tiempo,
tendido sobre aquel inmenso diamante que me servía de lecho.
En fin, la tremenda voz de Colombia me grita;
resucito, me incorporo,
abro con mis propias manos los pesados párpados:
vuelvo a ser hombre, y escribo mi delirio.

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« : 15 de Mayo de 2006, 16:21:27 »

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